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"Y ABRAZARTE"
"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García
"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García

-Antología de relatos con esa cosa llamada amor dando la tabarra-

 Índice de relatos:
 1. Fire.
  2. Buenos días, mundo.
  3. Y abrazarte.
  4. ¿Te lo puedes creer?
  5. Imperator Amorosa.
  6. La mujer en mi corazón.
  7. Corazón cuarteado.

  
"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García

Sinopsis: Aurora regresa a su ciudad natal para asistir a una reunión de antiguos alumnos de su instituto. Entre los asistentes está Carola, su amor de la adolescencia. Bruce Springsteen, besos y fuego que renace de sus cenizas.

    

   «Y que me dice, muy bajito: «¿Te acuerdas de aquel beso en el gimnasio, después de la clase de la señorita Mª Eugenia y antes de la de Jeroni, cuando casi nos pilló el conserje, que iba a preparar el recinto para el festival de primavera?».
   Y que le digo que no, y que me besa. Como si estuviéramos bajo las gradas del gimnasio después de la clase de Filosofía de Mª Eugenia y antes de la de Literatura de Jeroni, a punto de ser casi pilladas por el conserje (que iba a preparar el recinto para el festival de primavera).
   Hace lo mismo con ocho recuerdos falsos más. En el patio del instituto, en las butacas del cine, en el parque, en la playa, en su habitación, en mi habitación, en la habitación de mi hermana, en la habitación de mi otra hermana.
   Y soy hija única…
   —¿Te acuerdas…? —inicia el noveno.
   Levanto una mano. No es que me rinda, no es eso. Pero toda mujer con una libido sana pediría una tregua a estas alturas.
   —Si me besas, Navarro, una vez más —digo con toda la dignidad que soy capaz de reunir tras ocho besos, con el jadeo como única voz y el deseo pidiendo a gritos una isla a la que arribar—, no respondo.
   Las comisuras de su boca se pliegan en un pícaro fruncido, al tiempo que arquea ambas cejas. Lo hace exactamente igual, igual, que cuando teníamos diecisiete años.
   Exactamente.
   Igual.
  Me da un vuelco el corazón. Ya lo tenía saltarín, pero ahora alcanza cotas estratosféricas.
   —¿No respondes? —pregunta, sonriendo—. ¿Eso quiere decir que no me lo devolverías o que perderías el control?
   Por favor, ¿qué pregunta es esa? Le he devuelto los ocho besos anteriores, ¡claro que haría lo mismo con el número nueve!
   Es lo otro, Navarro, lo otro.
   —Factor control —digo.
   Vuelve a sonreír. Como antaño. Y allá va mi pobre corazoncito. Triple salto mortal con looping de propina.
   Hoy se me mata.
   —De acuerdo, perderías el control —dice—. Hum…
  Hace como que piensa en ello, pero qué va a estar haciendo eso. En absoluto. Me mantiene cautiva entre su cuerpo y el muro, mientras su mano derecha acaricia mi costado y la izquierda se mantiene, tierna, dueña y señora de mi nuca.
   Carola Navarro, os lo aseguro, ni de lejos está meditando mi respuesta.
   Ni de lejos».

 

"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García

Sinopsis: Berta y Luisa se acaban de despertar y la primera tiene ganas de hacer el amor. Y Luisa no es que no quiera, pero tal vez le guste tocarle las narices un poquito a Berta…
   


     «Me coge de la muñeca con torpeza, arrastrándome de nuevo a la cama, y farfulla algo que no llego a entender, su cabeza sepultada bajo las sábanas.
   —¿Qué? —le pregunto.
   —Que te esperes, que te quiero follar.
   Sonrío. Por el propósito y porque el día que conocí a esta mujer que enrosca con desmaña sus finos y largos dedos en torno a mi muñeca fue el mejor de mi existencia. Y es que no está nada mal, ¿verdad? Apenas amanece y ya tengo en perspectiva un orgasmo.
   El zumo de naranja de buena mañana está sobrevalorado, os lo digo yo.
   —Venga ya —rebato con una indulgente sonrisa—, si estás casi en coma.
   Un gruñido perezoso se abre paso sorteando los embarullados pliegues de la tela que actúa como embozo.
   —Culpa tuya. ¿Ha salido siquiera el sol?
   —No.
   —Lo sabía. Puta.
   —Yo no te obligo a que te levantes conmigo, cariño —replico. Calculo más o menos dónde está su cabeza y deposito un beso sobre el bulto—.Venga, sigue durmiendo.
   Ella me aferra con más fuerza.
   —Que no, que te quiero follar, coño.
   —¿Dormida? —me burlo.
   Vuelve a gruñir. Es que se toma muy en serio estas cosas.
   —Tú espérate un poco a que me despeje.
   —Pero mujer, ya follamos después, si eso. Cuando estés más despabilada.
   —Que no. Ahora. Que estoy caliente como una perra.
   —¿Oh, sí? —inquiero, divertida—. ¿Poluciones nocturnas?
   —Vete a la mierda. La culpa es tuya y de tu sexy ropa interior.
   —¿Sexy ropa interior?
   Que yo sepa, mi «sexy ropa interior» se limita a unas bragas con el casco de un stormtrooper estampado en el frontal.
   Se lo recuerdo:
   —Cariño, llevo las bragas de un soldado de asalto de las tropas imperiales.
   —No en mis sueños.
   —Oh, ¿y qué llevo en ellos, si puede saberse?
   —Llevabas —me corrige—. Tangas, medias, sujetador y liguero. Todo en satén y encaje. Negro, para más señas.
   —Por Dios bendito —suspiro—. ¿Y se puede saber adónde iba yo con todo eso?
   —A follarme. Pero me has dejado a medias. Te has marcado el baile de la cachonda, te has puesto en bolas y, ¡ops!, te has esfumado.
   Voy a pasar por alto lo del «baile de la cachonda»…
   —Vaya, qué contrariedad —digo—. ¿Y adónde he ido?
   —Al infierno, espero —gruñe de nuevo mi querida esposa—. Por dejarme mojada como me has dejado.
   —Ay, mira que lo siento.
   Berta asoma la cabeza de golpe. Sus pupilas, inciertas bajo el nebuloso velo de la somnolencia, destellan.
   —Vaya si lo vas a sentir —me amenaza.
   El pelo revuelto, enmarcando la piel color café de su rostro, que le confiere un aspecto entre colegiala arrebatada de los brazos de Morfeo y groupie en recta final de gira, resta, ciertamente, rigor a su bravata.
   —Pero cariño, que no es culpa mía —me defiendo—. ¡Era un sueño!
   —¿Tú qué me dijiste? —me demanda, clavando su mirada en la mía.
   —¿Qué? ¿Cuándo?
   —Cuando me comiste la cabeza para que me casara contigo.
   —¿Yo te comí la cabeza?
   —Sí, justo después del coño. ¿Ya no lo recuerdas?
   Vuelvo a sonreír. Pero qué mujer más romántica tengo.
   Precisamente por eso le comí la cabeza (y el coño).
   —Preciosa mía —le digo—, ¿te arrepientes, acaso?».




"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García

Sinopsis: Adela es fotógrafa, media la cincuentena y se ha citado con Laura en un café en el centro de la ciudad. Nunca se han visto, ni siquiera a través de fotografías, y cuando Adela ve a Laura…


   «—¿Y abrazarte, puedo?
  Me toma el pelo, está claro. Sonríe con picardía, aunque apenas es un esbozo. Creo que es por no asustarme, pero es inútil. Ya lo estoy, asustada. Anoche me acosté así, mal soñé así, me levanté así y así llevo todo el día. Asustada, asustada, asustada. El miedo se me ha puesto bravucón y, por él, ancha es Castilla. No le falta razón. Yo soy Castilla en plena Reconquista y ese fanfarrón va a hacer lo que le venga en gana conmigo. Y le dejo, cómo no, soy toda suya. Porque sí, tengo miedo.
   Tengo miedo de una cría de veintitrés años con el tatuaje de un diente de león en la muñeca. Y lo es, una cría, sobre todo porque yo tengo cincuenta y tres.
   Años, no tatuajes.
   —Laura… —le reprendo con suavidad, al tiempo que me sonrojo.
 Otra vez. ¿Cuántas llevas, Adela?, me interpelo, gimiendo en silencio, mientas noto el bochorno asaltando mis mejillas como lo harían los deditos de un bebé con el rostro de su madre. Haciendo recuento de mis sofocos, desde que la conocí, decenas, y desde que la conozco, media docena. Porque he conocido a Laura dos veces. La primera, virtual; la segunda, real, en carne y hueso, ahora, aquí, frente a mí, en este café, esta tarde, con estos sonrojos y el advenedizo de mi miedo campando a sus anchas.
   —Pero si no he dicho nada malo —se defiende, aparentando inocencia.
   Que solo aparentando, porque no lo es, inocente. Ni de lejos. Que la cría ha venido a por todas, lo sé. Y qué miedo me da eso, por Dios (y por Castilla).
   —Un abrazo creo que podría encajar perfectamente en el pacto, ¿no? —añade.
   Y pone ojitos de bebé chimpancé. Y estoy perdida. Porque si Laura pone ojitos de bebé chimpancé sobre fondo esmeralda, o su tono baja una octava en mitad de una frase o se intensifica cuando habla del trabajo de Gerda Taro, venerado a través de unos labios rojo sangre, lo estoy; perdida. Lo he descubierto en los últimos ciento veinticuatro minutos, que es el tiempo, exactamente, que llevo sentada ante ella en esta mesa, en este café, en esta cita.
   —Bueno… —balbuceo.
   Dios mío, ¡balbuceo! Eso en mí es igual a síntoma indiscutible de inicio de fase perturbadora en un estado general de alarma y desconcierto. No soy buena con las palabras, pero si balbuceo es un DEFCON 1, un Richter 10, un 4 en riesgo biológico. Autorización de uso de armas de destrucción masiva, terremoto épico, peligro extremo de contagio, ¡estupidez supina!
   Quiero levantarme de un salto, por muy desconsiderado que eso sea. Saltar de esta silla, esta mesa, irme de aquí, de este café, de las miradas conmovedoras sobre fondo esmeralda, los tonos de voz carrusel y los labios rojo sangre.
 —Solo son abrazos, Adèle, mujer —dice ella con toda tranquilidad, manteniendo la sonrisa de picardía que va a hacer de mí un ser de gelatina.
  Me llama Adèle porque sí. Porque le sale de las narices a la cría de las narices. Empezó a hacerlo en uno de sus correos y ya fui Adèle para ella. Yo la dejo, no me molesta. ¡Si supierais cómo suena en esos labios rojo sangre…! (Otra cosa que he descubierto en los últimos ciento veinticuatro minutos, sí).
   Pero por ello mi miedo se redobla.
   Le ha puesto un telegrama urgente al pánico.
   No creo que tarde en personarse».



"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García
Sinopsis: Beatriz acaba de dimitir como presidenta del grupo LGTBQ de su universidad. Susana es una estudiante de Periodismo que quiere entrevistarla. Arroz con costra, chupitos y hoyuelos woah! 
(Relato publicado originalmente en la antología «Donde no puedas amar, no te demores», Editorial Egales, 2016).


   «Introducción

   —Eres del colectivo, ¿verdad?
   Me giro hacia la voz que me interpela. Es una chica morena, de pelo largo y lacio, ojos marrones y sonrisa franca, que me mira con gesto interrogante. Frunzo el ceño y su sonrisa se ensancha, al tiempo que ladea la cara en un gesto de disculpa.
   —Perdona que te asalte así. Me llamo Susana, soy de Periodismo y trabajo en el periódico del campus. Me han dicho que eres la presidenta de Iris, el grupo LGTBQ de la uni. Beatriz, ¿no?
   —No. Sí.
   Sus cejas se arquean con sorpresa. Lógico. Pero que no es por marear a la chica, a ver, es solo que son las dos de la tarde y tengo hambre y estoy cabreada. Y cuando es esa hora, aún no he comido y estoy mosqueada, mi patria son los hunos y mi nombre es Atila.
   Pero esta chica no tiene la culpa.
   —Ya no soy la presidenta —aclaro, suavizando el tono—. Pero sí, me llamo Beatriz.
   Ella hace un pequeño gesto de contrariedad.
   —Vaya. Supongo que la información no estaba actualizada.
   —Habría sido realmente meritorio —digo—. Acabo de dimitir.
   —Ah, pues…
 —¡Bea! ¡Bea de las narices, quieta ahí! —berrea una voz a lo lejos, interrumpiéndonos.
 Hostia, no, pienso con fastidio. De entre todos los seres humanos que pueblan el planeta, de entre los miles de millones, la dueña de esa voz, justo ella y solo ella, es la única que podría ponerme de peor humor hoy, si eso es posible.
   —Me vas a explicar tú ahora mismito qué ha pasado —continua la voz en el mismo tono, acercándose—. ¡Por mi coño que me lo explicas!
   Pues sí, es posible. Me acaba de subir el nivel de bilirrubina de una forma bestial. No me giro hacia la voz, ¿para qué? De sobra sé qué tamaña energúmena hallaré al final de mi mirada: Jacoba. Jaco. Maschutesno.
   Lo que me faltaba.
  La aspirante a portavoz de la Asociación de Poligoneras llega hasta nosotras sin aliento. Sus nerviosos ojos azules hacen un breve barrido en dirección hacia la chica de Periodismo, pero rápidamente la cataloga como un individuo no computable para su misión.
   Sé cuál es. Como he dicho, acabo de dimitir.
   —No me llames Bea, sabes que no me gusta —digo.
   Lo digo ya por decir, porque para qué. Sé que caerá en saco roto, como los mil millones de veces que se lo he dicho, que le he dicho: «Jaco, no me llames así, que no me gusta». Pero ella, claro, esta en teoría mejor amiga mía, se pasará mi petición por el forro.
   Tal y como como sucede, en efecto, en la mil millones una.
   —Paso, Bea. Hace justo cinco minutos que has perdido tus putos privilegios reales.
   —Una gran pérdida, ciertamente.
  —Oye, no te pongas perra conmigo, ¿vale?, que yo no tengo la culpa. —Señala con el pulgar hacia su espalda, al edificio que alberga la zona de asociaciones—. ¿Se puede saber qué mierda ha pasado ahí dentro? ¿Ya está, te largas, así, de repente?
  —Ya está. Me largo. Así. Pero no tan de repente. Sabes que me lo estaba pensando hace mucho.
  —¡Pero nunca te tomé en serio! —exclama, alzando los brazos—. ¿Desde cuándo te he tomado yo a ti en serio, a ver?
  Cierto, qué tonta soy. Jacoba nunca me hace caso. En nada. ¿Por qué creéis, si no, que está cursando Estudios Francófonos Aplicados?
   Pues eso.
  Caigo en la cuenta de que hay un testigo más en aquella conversación. Sonrío, ladeando la cabeza hacia… ¿Susana? Sí, eso era. Como la del ratón.
  —Esta es Susana —digo—. Estudia Periodismo. Susana, esta es Jacoba. No te digo qué estudia porque no tendrías ni idea de qué es o para qué sirve, así que solo te diré que es miembro, no dimisionario, del grupo. Hace tiempo debí usar mis reales privilegios para colgarla del palo mayor, pero me perdió la inconstancia.
   Susana, que ha asistido a nuestro intercambio verbal en silencio, sonríe con educación.
   —Hola.
  —Sí, sí, encantada. —Jacoba la despacha en lo que dura un parpadeo y vuelve a centrar toda la atención en mí. Buena es ella para dejar escapar una presa—. No puedes irte así. No te dejaré hacerlo».



"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García
Sinopsis: una conversación en la terraza de un pub, con Tina Cousins de fondo, una copa en la mano y la calidez de una noche de junio como telón de fondo. Pepa no se habría imaginado nunca lo que Rosa iba a decirle... ¿O tal vez sí?

   «—Te quiero.
   Y el mundo gira, de golpe, ciento ochenta grados.
   —¿Cómo?
  Te he escuchado perfectamente, sí, pero estoy algo desconcertada. Necesito un par de segundos, solo un par, para resituarme, ¿vale? Un momento, por favor.
  Uno…
  Dos…
  A ver, estábamos hablando de cine, te has llevado la copa a los labios, has dado un sorbo, la has depositado de nuevo sobre la mesa, me has mirado y has dicho:
  —Te quiero.
  Teniendo en cuenta que estábamos analizando el cabreo de los neandertales de siempre con el mensaje feminista contenido en Mad Max: Fury Road, y que mi comentario previo al tuyo había sido «Deberían haberla titulado Imperator Furiosa», comprenderás, estoy segura, mi desconcierto.
   —Ah, sí… Yo también, claro.
  Pero lo digo así como con la boca pequeña, insegura, con una sonrisita tirando a idiota, porque todavía no tengo muy claro a qué ha venido tu arranque. Porque es que no somos de tequieros espontáneos, lo sabes, de esos que se les suelta a los amigos cuando se va con una copichuela de más o se cae en un puntual arrebato sentimental. ¿Sabes? Esos.
   Porque es de esos, ¿no? Tu «Te quiero». Un achuchón emocional, ¿verdad? No sé, la noche está bonita, la vida en calma, te estás tomando una copa, estás a gusto contigo misma y, de repente, QUIERES. A la noche, a la copa, a la vida, a todos los zánganos de todas las colmenas del mundo y a todos los guijarros de todos los lechos de todos los ríos del mundo.
   ¿O no lo es?
  —Gracias, pero yo… —dices con una sonrisa, inclinándote hacia mí, tu mirada haciendo algo muy extraño para estar simplemente tomando una copa con una amiga en una noche bonita— te quiero.
  Fíjate, que yo hasta ahora pensaba que ambas hablábamos el mismo idioma, oye...
   Pero va a ser que no.
   Creo que voy a necesitar algo más de dos segundos esta vez.
   Uno…
   Dos…
   Tres…
   Cuatro…
   —¿Me quieres, dices? —pregunto tontamente.
  Porque mira que hay que hallarse en un estado de tontunez muy grave para preguntar algo así, ¿eh?
   Que, a lo mejor, con una pizarrita y unos gráficos….
   —Te quiero, digo —repites con serena firmeza, atándome a tu mirada.
   Y me miras como lo haría una imperator que ha decidido liderar la lucha para darle un buen revolcón a lo que hasta ahora ha sido y ha habido.
   —Ayer no lo tenía claro, si decírtelo hoy —dices con toda tranquilidad—, pero mañana no quería despertarme sin haberlo hecho.
   No hace falta que insista sobre el tipo de querer del que estás hablando. Te lo leo en la mirada, lo percibo en el cambio de tu lenguaje corporal.
   Lo siento en el centro de mi pecho, sobresaltado y aturdido».


"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García

Sinopsis: cuando tienes a una mujer clavadita en el centro mismo de tu corazón.




   «Tengo a una mujer clavadita en el centro de mi corazón, que me lo parte, lo escinde, lo apuñala, lo siega, sosiega, reverdece, ilumina y colma.
  Tengo que decirle yo a esa mujer que a ver qué hacemos, que así no vamos, que más vidas tienen mis gatos que las que ella se me está llevando con sus ojos de reina, sierva, guerrera y dueña; con su voz de mezzosoprano, de reina del glam, de cazallera resacosa; con su piel de día de primavera y su boca de cuento de hadas y sus pestañas de pluma de águila y sus dedos de acorazado Potemkin; ¡Su sexo de diosa de los bajos fondos y ninfa de arroyo!
   Es la quinta vez esta semana que me toca resucitar. ¡Y van…! Que cada vez que la miro, muero; que cada vez que de sus labios sale siquiera un suspiro, muero; que cada vez que se mueve, parpadea, se aparta un mechón de la frente, compra tomates, le dice al vecino del Sexto que le encanta Verdi peronoalasdosdelamañanaoiga, muero. Que muero, muero y muero como ocho veces al día y estoy en un ay por que ya no me renueven el carnet de mulier resuscitatum. ¡Que eso va por puntos!
  No, definitivamente, así no vamos. Yo me estoy gastando la vida por quererla por encima de mis posibilidades. ¡Y la culpa es toda, todita suya por hacerlo ella por encima de las suyas! Así no se puede querer, ¿eh? No, no y no.
  Y es que me quiere dándome la vida pero quitándomela, cumpliendo mis sueños pero acabando con ellos, ¡que ya no le quedan promesas que cumplir ni lunas que arrebatar al firmamento!».


"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García
Sinopsis: Lucía y Vicky charlan en un acantilado frente el mar, mientras observan un cielo cargado de nubes. Pero la suya no es una conversación cualquiera, ya que la primera sostiene entre sus manos el corazón roto de la segunda….

   «Ella todavía no lo sabe, pero esta vez todo es distinto.
   Pese a que empieza como siempre:
   —Pero, cari, ¿otra vez? —pregunta, compasiva, apareciendo a mi lado. Con un breve suspiro se sienta, procurando que los fragmentos de mi corazón, que acuna con delicadeza en la palma de su mano, no se desparramen. Me mira desconsolada—: Lo siento. Tu pobre corazón roto…
   El viento sisea a nuestro alrededor, agitando los largos tallos de las macollas de esparto que motean el pedregoso suelo. El mar replica contra las rocas allá abajo, mientras arriba, sobre el cielo, las gaviotas graznan planeando indolentes.
   —Ratas con alas —resopla Lucía, guiñando los ojos mientras sigue con la mirada a una de ellas.
   Se gira hacia mí. Me mira, la miro. Me guiña un ojo. Sonríe, le sonrío.
   Qué curioso todo, si está muerta…
  —No estoy muerta, Vicky —me recrimina Lu con cariño. Le lanzo una mirada de «¿En serio?» y ella se ríe—. Vale, ni para ti ni para mí: ¿estoy, hum, en otro plano?
   —Y tan otro… —murmuro.
  Balanceo mis pies sobre el vacío. Las olas se estrellan contra las rocas que bordean el acantilado, una y una y una y otra vez. Lucía se inclina hacia delante, estira el cuello y escupe a través del ángulo abierto de sus pies. El globo de saliva se pierde en la distancia, fussss, y desaparece.
   Lucía no era tan cochina en vida.
  —Un poquito, sí —me corrige—. Lo que pasa es que contigo disimulaba, amor.
   Le lanzo una mirada de contrariedad. No me acostumbro a que escuche mis pensamientos. Odio esa parte.
   —Pero a mí no, ¿verdad? —replica, preocupada—. Solo es una forma de hablar, ¿sí? Dime que solo es una forma de hablar, Vic.
  —Solo es una forma de hablar, Lu, claro que no te odio. —La miro, entrecerrando los ojos—. ¿Disimulabas?
   Sonríe, mordiéndose el labio inferior.
   —Bueno, es que no dio tiempo, cariño. Acabábamos prácticamente de irnos a vivir juntas y empezar a escupir por los rincones como que no me parecía lo más apropiado, ¿sabes?
   —Ya.
   Cojo aire con fuerza y lo expulso por la nariz. Tuvimos tan poco tiempo…
Aparto la mirada, porque no quiero que Lucía vea la pena que la oscurece. Pero claro, está muerta y los muertos, bien lo sé, tienen patente de corso para saberlo todo de ti.
   O casi todo».



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