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"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García




"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García



Y que me dice, muy bajito: «¿Te acuerdas de aquel beso en el gimnasio, después de la clase de la señorita Mª Eugenia y antes de la de Jeroni, cuando casi nos pilló el conserje, que iba a preparar el recinto para el festival de primavera?».
Y que le digo que no, y que me besa. Como si estuviéramos bajo las gradas del gimnasio después de la clase de Filosofía de Mª Eugenia y antes de la de Literatura de Jeroni, a punto de ser casi pilladas por el conserje (que iba a preparar el recinto para el festival de primavera).
Hace lo mismo con ocho recuerdos falsos más. En el patio del instituto, en las butacas del cine, en el parque, en la playa, en su habitación, en mi habitación, en la habitación de mi hermana, en la habitación de mi otra hermana.
Y soy hija única…
—¿Te acuerdas…? —inicia el noveno.
Levanto una mano. No es que me rinda, no es eso. Pero toda mujer con una libido sana pediría una tregua a estas alturas.
—Si me besas, Navarro, una vez más —digo con toda la dignidad que soy capaz de reunir tras ocho besos, con el jadeo como única voz y el deseo pidiendo a gritos una isla a la que arribar—, no respondo.
Las comisuras de su boca se pliegan en un pícaro fruncido, al tiempo que arquea ambas cejas. Lo hace exactamente igual, igual, que cuando teníamos diecisiete años.
Exactamente.
Igual.
Me da un vuelco el corazón. Ya lo tenía saltarín, pero ahora alcanza cotas estratosféricas.
—¿No respondes? —pregunta, sonriendo—. ¿Eso quiere decir que no me lo devolverías o que perderías el control?
Por favor, ¿qué pregunta es esa? Le he devuelto los ocho besos anteriores, ¡claro que haría lo mismo con el número nueve!
Es lo otro, Navarro, lo otro.
—Factor control —digo.
Vuelve a sonreír. Como antaño. Y allá va mi pobre corazoncito. Triple salto mortal con looping de propina.
Hoy se me mata.
—De acuerdo, perderías el control —dice—. Hum…
Hace como que piensa en ello, pero qué va a estar haciendo eso. En absoluto. Me mantiene cautiva entre su cuerpo y el muro, mientras su mano derecha acaricia mi costado y la izquierda se mantiene, tierna, dueña y señora de mi nuca.
Carola Navarro, os lo aseguro, ni de lejos está meditando mi respuesta.
Ni de lejos.

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—¿Menargues?
—¿Lola?
—¡Menargues!
—¡Lola!
Sonrisas Profident, brazos abiertos, acercamiento, fundido. Solo falta el acompañamiento de violín de fondo. Y la cámara lenta. Y tal vez un toque de luz suave.
La perfecta escena de reencuentro.
—¡Aurora Menargues! —exclama Lola mientras me apretuja entre sus rechonchos brazos, castigando mi pobre tímpano con su agudo timbre de voz—. ¡Aurora Menargues! —repite, tan entusiasmada como incrédula.
Que tampoco es para tanto, a ver, al menos la parte de incredulidad: confirmé mi asistencia a la fiesta hará como seis meses. Digo yo que tiempo le habrá dado a Lola a hacerse a la idea de que iba a venir, ¿no? O tal vez no sea por eso, no sé. Dolores Mantillo siempre fue muy suya para todo.
Pero en fin, si se quiere extasiar con mi llegada, que se extasíe. Por mi parte, sin problema.
—Aurora, Auroreta, Aurorita —canturrea, mientras se separa a la distancia de la longitud de su brazo y me examina de arriba abajo—. Ay, jodía, qué reguapa estás. Como siempre.
Deben de ser las dioptrías, pienso, que siempre le dieron mucha fatiguita. Porque guapa, guapa, lo que se dice guapa de canon, yo no soy y nunca lo fui.
Pero, como he dicho, Mantillo siempre fue muy suya.
—Tú que me miras con buenos ojos —digo, y añado, cumpliendo el guion no escrito para estos casos—: Y anda que tú no me vas a la zaga.
Pero en su caso es verdad: Lola era bien bonita en su adolescencia y lo sigue siendo a día de hoy. No faltarán descerebrados que argumenten que su eterno sobrepeso y sus perpetuas gafas de moldura gruesa contradigan esa afirmación, pero Lola fue y es más bonita que una puesta de sol sobre el mar.
—Ay, qué ricura —dice, pellizcándome con suavidad la mejilla—. Qué alegría verte, de verdad. ¡Cuánto tiempo! Porque mira que hace tiempo que no nos vemos, ¿eh?
Sonrío, con la mordacidad a punto de hacer un clavado desde la punta de mi lengua: «Pues, exactamente, Loli, como unos veinte años, hija. El tiempo que hace que acabamos COU». Y es que, además, lo dice, y en letras bien grandes, el cartel que recibe a los invitados, el que está justo sobre nuestras cabezas mientras el Solo se vive una vez de las Azúcar Moreno suena de fondo:

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Pero como sé que todo esto no es más que un cúmulo de frases hechas, le digo que sí, que:
—Cierto, una eternidad.
Porque sé que es lo que se espera que diga.
—Ay, Auroreta, qué bien, qué ganas tenía de volver a verte —dice—. Porque mira que te fuiste lejos, jodía, ¡bien lejos!
Y me vuelve a pellizcar la mejilla. Eso, aunque parezca raro en una adolescente, ya lo hacía veinte años atrás.
Hay cosas que no cambian nunca.
—Un poco, sí —respondo.
A Massachusetts, así de bien lejos me fui. A la bonita ciudad de Cambridge, en el condado de Middlesex. Empaquetada junto al resto de la familia (gato persa incluido), siguiendo la estela de mamá, flamante fichaje del MIT.
—Hay que ver, Aurora, joder —dice—. Estarás hecha toda una yanqui, ¿no?
—No sé, ¿lo estoy?
Pero ni caso a mi pregunta. Lola está en modo interrogatorio y no va a distraerse con nimiedades coloquiales.
—Tus padres regresaron, ¿verdad? —pregunta.
—Sí, aquí los tengo, pasando su dorada jubilación en la sierra de Madrid.
—Chica, y te quedaste.
Es más una pregunta que una afirmación.
—Ya tenía mi vida hecha allí.
—¿Una buena vida?
—No me puedo quejar.
—¿Y tienes…? ¡Roberto Sanmartín! —chilla de repente, desviando su atención hacia alguien detrás de mí. Avanza brazos abiertos en ristre hacia ese alguien. Roberto Sanmartín se lleva el pack completo de achuchón, chillido en el oído y pellizco en la mejilla. Después, Lola se gira hacia mí sin soltar a su presa, que sonríe con algo de apuro—. ¡El pequeño Bobby, Aurora! —anuncia, pletórica, como si estuviera presentando al maharajá de Kapurthala.
La verdad es que no recuerdo que Lola fuera de sustancias psicotrópicas, pero puede que ahora le dé al Red Bull en exceso. No sé, la encuentro un pelín acelerada de más. O tal vez ya era así antes, pero como ya no contamos con el colchón de la adolescencia para absorber tanta energía, la impresión se magnifica.
Puede que sea eso.
—Ya veo, ya —digo, sonriendo y dando un paso hacia el ya no tan pequeño Bobby—. ¿Qué tal, Sanma?
—Aurora, cuánto tiempo —dice él.
Y creo que ese va a ser el hit conversacional de esa noche. No podrá haber más «Cuánto tiempo» por metro cuadrado en ningún otro lugar del universo… a menos, claro, que se esté celebrando en él también una reunión de exalumnos:

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—No te vi en la de los diez años —dice Roberto tras darnos el protocolario par de besos.
—Seguía en Matachuches —responde por mí Lola—. A Auroreta hace tiempo que se le cambió el ADN por el DNA.
No es un gran chiste, pero junto con lo de Matachuches le ha quedado apañadito, así que los tres nos reímos con discreción.
—¿No te puede todavía la morriña? —pregunta Roberto.
—Una se acostumbra a todo.
Es una típica reunión de reencuentro, así que tiraré de tópico, que es lo que espera todo el mundo.
«Cuánto tiempo».
«No has cambiado nada».
«¿Te acuerdas de…?».
«¿Recuerdas cuando…?».
«Madre mía, han pasado siglos».
«¡Oh, Dios, esa canción!».
«¿Y qué tal te va?».
Y yo diré que sí, mucho (¡Veinte, joder, veinte! ¿Es que ninguno ve el cartel, por el amor de Dios?), que tú tampoco, y sí, me acuerdo, qué tiempos aquellos, oh, sí, esa canción. Y nadie se dará cuenta, porque realmente nadie lo preguntará en serio. Estamos aquí para rompernos de nostalgia, y reírnos, y tal vez para escanear arrugas, michelines y alopecias y todo aquello que se hace en una reunión de viejos amigos que tampoco lo son ya tanto.
O tal vez sí, pero no en mi caso. Yo, que me fui. Yo, que lo dejé todo atrás.
Y a todos.
—Vuestras identificaciones, chicos —dice Lola, alargándonos sendas tarjetas plastificadas.
Estamos cerca ya de los cuarenta, pero todavía podemos seguir siendo «chicos y chicas». Claro que sí, Loli.
Me ayuda a prenderla en el bolsillo de mi camisa y me doy cuenta de que junto al nombre impreso en letras mayúsculas hay una foto de mi yo adolescente.
—Oh, por favor —gimo, cogiéndola entre mis dedos y mirándola con pavor.
¿Yo una vez fui así?
—No te quejes. —Tuerce el gesto Roberto—. Tú al menos no pareces una foto de archivo de la NASA. —Señala con el dedo su fotografía—. Bienvenidos a la cara oculta de la Luna, terrícolas.
Le lanzo una mirada indulgente. Sanmartín tuvo un (grave) problema de acné entre los quince y los diecisiete, y la posteridad, al parecer, se empeña en que no lo olvide.
—Dolors, maja, ya podrías haber echado mano del Photoshop —se queja.
Lola hace un gesto de rechazo con la mano.
—Calla, tonto, ¿y lo que ganas con la comparación? Anda, pasad dentro, prácticamente ya ha llegado todo el mundo.
Y nos empuja, amable pero firmemente, hacia el interior del gimnasio, donde las Azúcar Moreno se extinguen y dan paso a Ketama y su No estamos locos.
—Si ponen la Macarena, moriré —digo, mientras echo un vistazo a las largas mesas llenas de comida y bebida, rodeadas de gente formando grupúsculos aquí y allá.
—Lo harán —augura Roberto en tono lúgubre—. Ya lo hicieron en la primera, la de los diez años. —Me mira, divertido—. Prepárate para el estallido de córneas cuando todo el mundo se ponga a hacer el bailecito de marras.
—No pueden obligarnos. —Le miro, alarmada—. No, ¿verdad?
Él compone un gesto entre piadoso y resignado.
—¿Tú qué crees?
—Oh, por favor —gimo.
Me da unos toquecitos consoladores en la espalda.
—Es lo que hay, Aurora. —Y añade, divertido—: ¡Bienvenida, viajera del tiempo!
—¡Aurora Sanmartín y Roberto Menargues! —chilla un ser humano acercándose a nosotros a velocidad de crucero, si bien con una trayectoria algo errática.
El vaso de plástico que lleva en la mano rebosa borde abajo, dejando a su paso oscuros churretones. Entorno la mirada, porque no estoy muy segura de quién es, aunque me suena una barbaridad.
—Aurora Menargues y Roberto Sanmartín —le corrige con amabilidad Roberto con una sonrisa indulgente—. Pablete, ¿qué tal? —Y adelanta la mano, porque creo que teme, y con razón, que quiera estrujarle en un, a todas luces, beodo abrazo.
—Bueno, tu apellido, su apellido… ¿Qué más da?  —Le resta importancia Pablo, agitando la mano libre—. Sois quienes sois, ¿no? Pues ya está —concluye, estrechando con énfasis desmedido la mano tendida de Roberto. Si el pobre se había hecho la ilusión de volver a casa con ella… —¡Y Aurorita! —exclama con entusiasmo, centrando su atención en mí—. Chica, a ti sí hace un porrón que no te veía.
Yo no tengo los reflejos de Roberto (maldita sea, me falta la experiencia de «Bienvenidos y bienvenidas, viajeros del tiempo. ¡10 años os contemplan! 1ª Reunión Promoción 1992-1996») y no puedo zafarme del estrujón etílico.
—Pablo, qué bien te veo —digo, medio asfixiada por el abrazo y el efluvio alcohólico.
Y qué mentira lo que le digo. Pablo Pablete está hinchado como un globo, su nariz y mejillas cubiertas por una telaraña de venillas rojas y su cabello raleando ahí donde antaño hubo mata bien frondosa. Está, a todas luces, avejentado. Observo, preocupada, que todavía no farfulla, pero sí da muestras de una ligera descoordinación.
Pablo San Luján era el alma de las fiestas, el cachondo juerguista que las promovía, iniciaba, animaba y liquidaba. Todo un borrachín social.
Al parecer, ha seguido en el negocio todos estos años.
—Acercaos a la barra, hay priva de sobra. —Nos invita, haciendo con el brazo un gesto en arco tan amplio hacia atrás que por poco no pierde la vertical—. ¡Ana Lizana! —chilla cuando recupera el equilibrio, identificando un nuevo objetivo entrando por la puerta del gimnasio.
Y se va, dejándonos con la palabra en la boca.
—Sara Lomana, ¿verdad? —aventuro, siguiendo con la mirada la inestable trayectoria de Pablo.
—Ajá —me confirma Roberto.
—¿La reunión no empezaba a las ocho y media? —pregunto, suspicaz.
—Sí.
—Apenas son las nueve…
—Ajá —repite él, y me lanza una mirada llena de significado.
No hacen falta más explicaciones.
—No es un mal tío, pero es un poco pesado cuando se pone así —dice.
—¿En las reuniones?
—Siempre.
—¿Has seguido en contacto con él?
—Con él y un grupito. Lola, por ejemplo. Manolo.
—¿Sánchez?
—Torres. Y Esperanza, que se casó con Paco, el repetidor. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Y Carola.
«Y Carola», dice. Y, ¿soy yo o ha dejado pasar un segundo de expectación antes de pronunciar su nombre, con un tono que se me antoja de cierto énfasis?
—Navarro. Carola Navarro —continúa, como si mi silencio fuese a causa de mi desmemoria y no de un sobresalto cardíaco-estomacal que espero no alcance mi rostro.
—Sí, Carola —digo, intentando que la voz sea cuerda y no hilo—. Navarro. Carola Navarro.
—Esa misma.
Y me mira, y no sé si más que eso: me examina. Y me asalta la duda.
No puede saberlo, ¿verdad? No puede.
Pero, por otra parte, dice que ha seguido en contacto con un grupito… y Carola. Carola Navarro.
—Qué bien —digo, todavía conmocionada—. Yo acabé perdiendo todo contacto.
—Porque quisiste, coño, Aurorita —dice—. Que entonces no habría Facebook ni WhatsApp, pero el correo postal seguía funcionando a las mil maravillas. ¿O allá en los USA tirabais de tam-tam?
—Timbales, Sanma. Eran timbales.
Sonrío para enmascarar no tanto su hipotético reproche como mi desazón por saber que me lo merezco. Porque me fui, y lo hice del todo.
Y, como he dicho, de todos.
—¿Y te has alimentado a base de hamburguesas?
—Solo los quince primeros años. Después me pasé al chicle.
—¿Y qué haces por allá, si puedo preguntar? ¿Qué ha sido de Aurora Menargues desde que partió allende los mares? —Con suavidad, me enlaza por el codo para tomar rumbo hacia una de las mesas, donde señala con gesto interrogante una cubeta en la que nadan varios botellines de cerveza. Ante mi gesto afirmativo, tras destaparlo, me pasa uno.
—Editora.
—¿Editora?
—De esas cosas llamadas libros.
Roberto se lleva la mano libre a la mejilla y su boca moldea un perplejo «¡Oh!» que me hace emitir una breve carcajada.
La risotada deriva en una sonrisa nostálgica. Ay, el pequeño Bobby. El recuerdo, la sensación, me vienen de golpe. La familiaridad. La conexión. Yo me llevaba bien con este tipo. Majete, accesible, con un puntito irónico. Un amigo.
Y también me lo dejé atrás, joder.
Experimento la primera punzada, entre nostálgica y recelosa, y me pregunto si he hecho bien viniendo, rescatando el pasado del fondo del cajón donde lo había metido, ahí, debajo de mi nueva vieja vida.
Con lo bien que me sentaba la venda sobre el corazón, allá en los USA…
—¿Y qué tipo de libros? —pregunta él, ajeno a mis tribulaciones—. Porque si me dices que son de los que llevan letras…
Y vuelve a repetir el gesto del asombrado «¡Oh!».
Sí, era majo, el pequeño Bobby.
—Pues sí, de esos.
—Coño, Auroreta, ¿y no encontraste otra cosa con la que arruinarte?
—Por supuesto —digo—. Montar una librería.
—¡Anda ya! ¿Yo me lo guiso, yo me lo como?
—Tal que así —confirmo.
—¿Y comes todos los días?
—Más que eso. Chicles pata negra, ahí es nada.
Se ríe, alzando su botellín.
—¡Brindo por la vida de lujo y desenfreno, yeah!
Nuestro brindis es interrumpido por un acercamiento a babor.
—Madre mía, ¿qué ven mis ojos, quién está aquí, quién nos honra con su visita? ¡Menargues, Aurora María! —Un índice invasor de mi espacio vital me señala sin pudor. ¿Pero se puede saber qué coño nos dieron a los de nuestra generación, que andamos ahora así de espídicos, joder?—. Primera fila, pupitre frente a la mesa del profesor. Clase «E», de empollona. De notable no bajabas. ¿Me equivoco?
Mierda, qué ven mis ojos, quién está aquí, quién me fastidia con su visita. José Juan Tordesillas, Joseju. Clase «G», de gilipollas.
—Presente —digo, no obstante, comportándome con la buena educación que me proporcionaron mis amados progenitores—. ¿Qué tal?
¡Flasca!  Me planta dos besos antes de poder reaccionar, mientras Roberto se lleva, casi sin transición, su buena sacudida de mano, arriba y abajo, arriba y abajo.
No le llega la extremidad a mañana, no.
—Bueno, bueno, bueno, cómo tira la cabra al monte, ¿eh? —dice Joseju, señalándonos—. Igualito que en el insti: tanto monta, monta tanto, vosotros dos. —Se ríe a carcajada limpia, pero ni Roberto ni yo le secundamos, así que se le diluye en una sonrisita de circunstancias—. Hala, coño, pues a divertirse, que es gerundio —dice con alegría, dándole una brutal palmada en el hombro a Roberto y enfilando hacia el siguiente «Madre mía, ¿qué ven mis ojos, quién está aquí, quién nos honra con su visita…?».
—Digo yo, que explicarle lo que es gerundio, como que no, ¿no? —dice Roberto con una sonrisa maliciosa, antes de llevarse el botellín a los labios, al tiempo que me guiña un ojo.
La sensación de comodidad se extiende, cubriéndome como una manta en una noche de invierno. Y tanto que me llevaba bien con él. Hablábamos mucho, muchísimo. De todo, todísimo. Y es verdad lo que ha dicho Joseju, éramos tanto monta, monta tanto, nosotros dos. ¿Cómo pude perder su amistad? ¿Por qué no lo conservé, al menos a él?
Roberto interrumpe mi silenciosa autoflagelación señalándose el pecho con la mano que sujeta el botellín.
—Decano de la Facultad de Ciencias —dice—. Aunque mi estado natural es la de profesor del departamento de Química Analítica, Nutrición y Bromatología.
—¡Hala! —exclamo con una sonrisa—. Enhorabuena por el cargo, Don Cerebrín.
Roberto hace una reverencia.
—Si la señora necesita un estudio de la composición química de sus chicles pata negra, soy su hombre.
—Lo tendré en cuenta, gracias —digo, imitando su reverencia.
Cuando regreso a mi posición, una mirada preñada de melancolía me recibe.
—Joder, Rora, ¿por qué sacaste el hacha? —Su boca se curva en un mohín cercano a la añoranza—. Si con un par de cartitas al año y una miserable llamada me habría conformado…
Sonrío, pese al hachazo hendido con tanta elegancia como legítimo reproche. Éramos tantomontamontatanto, sí, y cercanos, y mira que no ha tardado nada en coger de nuevo el ritmo…
—Lo siento —digo—. No tengo excusa, lo sé. Pero… —Me encojo de hombros—. Estaba muy lejos y los planes de mamá eran a largo, muy largo plazo y…
Y aquí estaba Navarro, Carola, y todo era demasiado, completó mi cabeza.
—Ya. —Roberto chasquea los labios—. Tú, con tal de no compartir tu lujosa vida de chicles y desenfreno…
Me río, pero no es una risa alegre. Es una que tapa huecos, trata de sortear grietas en el hielo.
Y casi lo consigue. Pero no. Sobre todo porque Roberto dice a continuación:
—Yo no te la habría mencionado si tú a mí no. No lo habría hecho. No la habría llevado a tu vida de Matachuches si no es lo que querías.
Y, pese al intento de quitarle hierro con la gracia, la solemnidad de sus palabras es palpable y ya tengo mi respuesta a mi duda: sí, lo sabe.
Y me pregunto: ¿Podemos permitirnos esto? ¿Tras veinte años sin tratarnos? ¿Sobre las cenizas de una amistad juvenil?
Y me encuentro pensando, pese a todo, que sí, que tal vez podríamos.
Ladeo la cabeza para estudiarlo unos segundos en silencio. Al cabo de los mismos, vacío mi botellín de un trago y digo:
—Madre mía, señor decano, no se anda usted por las ramas.
Y entonces él dice, con toda la naturalidad del mundo:
—Cáncer. Testicular. Superado. Dos años después, mi mujer. De páncreas. Fulminante. —Deja escapar un leve suspiro, mientras su mirada se hace tanto resignación como nuevo día—. Entre uno y otro, asimilé unas cuantas lecciones vitales. —Me guiña un ojo—. ¿Te vale eso?
Le miro, conmocionada.
—Joder, Roberto… Lo siento.
—Gracias. Hace mucho ya de eso.
—¿Y estás bien?
—Estoy aquí —dice, rotundo.
Cierro los ojos, sintiéndome miserable.
—Joder, pero cuánto lo siento, de verdad.
—Ya pasó, Aurora. Y yo estoy limpio, ya te digo.
—Y me alegro infinitamente por ello —digo, filtrándose la nostalgia junto a la súbita tristeza en mi tono cuando añado—: Y también siento haberme dejado esa parte de mi vida aquí.
—Tal vez no te cabía en la maleta —dice él con cautela.
—Tal vez.
Roberto vacía su botellín y se hace con otro par, pasándome uno de ellos a mí.
—Una de las cosas que he aprendido, ¿sabes?, es que no hay que dejar pasar las oportunidades ni a las personas —dice—. Que hay que tirarse de cabeza, cubra o no el agua. Y darle todo el puto campo al corazón, Rora. Toda la cancha. Para que corra como lo haría un niño tras una pelota. —Me mira, sonriendo con afabilidad—. Los días que dejas atrás, Auroreta, no regresan jamás. —Y añade—: Pero puede haber nuevos días, y encajar en ellos a viejas personas.
Le miro, anonadada. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Diez, quince minutos? Y ya está, lo ha hecho. Roberto ha encajado la pieza. Veinte años de silencio salvados de un solo plumazo.
No puedo pronunciar ni una sola palabra y él se da cuenta.
—Lo siento. ¿Excesivo, tal vez?
Digo «No, no» agitando de forma repetida la cabeza.
—Bebe, te vendrá bien —me aconseja.
Digo «Sí, sí» con la cabeza.
Y bebo.
—¿Mejor? —pregunta con amabilidad tras mi largo, necesitado trago.
—Progresando adecuadamente —logro responder.
Sonríe con amplitud. Veo, en sus ojos, en su sonrisa, al chaval que fue. Al que siempre quise contárselo todo y nunca me atreví.
Y, sin embargo, lo ha puesto sobre la mesa. Tal vez, a los diecisiete yo era más transparente de lo que me creía…
—Es que tengo que aprovechar, ¿sabes? Y si te vas por otros veinte años… —Se encoge de hombros—. Bueno, pues ya te llevas algo en qué pensar, ¿no?
—Y tanto —murmuro, todavía conmocionada.
Y habrán pasado veinte años y este Roberto Sanmartín ya no será el pequeño Bobby, pero sí.
Lo es.
—Gracias —digo.
—¿Por?
—Por dejarme volver.
—¿Aquí?
—A ti. Nuestra amistad.
Una amplia sonrisa ilumina su expresión.
—Para mí nunca te fuiste.
—¿Cómo lo haces? —pregunto admirada—. Hacerlo tan fácil.
Él resopla con una sonrisa que parece de vuelta de todo.
—Porque para ponérnoslo difícil ya están las cosas que no podemos controlar, Rora, ¿sabes? Si yo puedo hablar, tú escuchar, y viceversa, ¿por qué no usarlo?
—Son muchos años de silencio, de distancia…
—Y los que tuvimos de palabras y cercanía fueron muy importantes —replica. Hace una pausa y añade—: Para mí, al menos.
—Para mí también —le aseguro—. No sé cómo pude olvidarlo.
—Por el lote.
—¿El lote?
Ladea la cabeza y sonríe.
—Supongo que todos íbamos en el mismo paquete. Querías dejar atrás una parte de él y al final nos dejaste a todos.
—Lo siento.
—Tuvo que ser difícil para ti también, ¿no?
—Mucho. —Le miro—. Entonces, ¿lo sabes?
—¿Lo tuyo con Carola? Sí. Me lo contó ella.
—Ella… —musito.
—Hemos seguido en contacto —me recuerda.
—Ya.
De fondo suena ahora Zombie, de The Cranberries. Paseo la mirada por el engalanado recinto. Pablo Pablete está a un minuto de dislocarse algo o quedarse sin dientes, Lola parece una ninfa revoloteando aquí y allá, regalando sonrisas y pellizcos en la mejilla, y Joseju El Gilipollas anda ejerciendo de lo suyo con extraordinaria intensidad. Pienso en Roberto, en su pena, su valentía, y siento un zarpazo al pensar que podría haberlo perdido sin haberle dicho adiós, sin haberle dicho: «Fuiste importante para mí» o «Gracias por estar ahí esos años».
Los recuerdo a casi todos, a ellas, a ellos, y a casi todo: los planes que trazábamos entre clases, los sueños, los pactos eternos sustentados por la euforia de la adolescencia; los que parecían que iban a comerse el mundo y los que nos quedábamos agazapados en una esquina; los «A mí eso nunca me pasará» y los «Yo nunca seré como mis padres».
¿Lo conseguisteis? ¿Lo hicisteis? ¿Se cumplió, alcanzó, logró?
¿Qué habría pasado si alguien nos hubiera dado hace veinte años, cuando todavía la vida era una promesa y todos los días estaban por venir, todas las ilusiones por construir y todos los sueños por ser vividos, la posibilidad de asomarnos al futuro? ¿Qué habríamos hecho? ¿Aterrorizarnos de nuestros yoes futuros? ¿Luchar? ¿Desistir? ¿Confiar? ¿Perder? ¿Buscar? ¿Intentar?
¿Decirle que sí?
—Qué mal lo hice todo, Bobby —musito, presa de la melancolía, de las consecuencias de las decisiones erróneas.
Sabía que el dolor iba a ser el pago por estar aquí esta noche, pero nada podría haber evitado que estuviera. Cuando me llegó la invitación estuve en un tris de hacerle seguir el mismo camino que la de la reunión de los diez años: la papelera de mi servidor de correo. Pero aquel día miré por la ventana, hacia la capa de hielo que coronaba el río Charles, los arcos de acero del puente Longfellow, el skyline de los rascacielos de oficinas, el paisaje que había hecho mío a fuerza de entregarle mi mirada… y supe que no, que ese no era mi horizonte, el que llevaba dentro, el que guardaba en una cajita para no tener que dolerme por él. Como supe también que había algo ausente en ese interior mío, vacío, que necesitaba encontrar su lugar.
Y ese día fui consciente de que iba a hacerlo, volver, aunque todavía ignorase (o realmente no quisiera saber) la razón última de ese regreso.
Roberto sonríe de forma indulgente, me pasa un brazo sobre el hombro, me da en él un toquecito con el pulgar y, acercándose a mi oído, me dice:
—¿Sabes que va a venir? —Y añade—: ¿Sabes que ya está aquí?
Y le adivino la sonrisa en la voz y su pulgar toca ahora mi barbilla, dirigiéndola con suavidad hacia la entrada del gimnasio.
Y sí, ella ya está aquí.
Navarro, Carola.

"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García


Fire, de Bruce Springsteen, empieza a sonar en ese momento y los acordes de guitarra que abren la canción reverberan en mi pecho con tanta intensidad que, por un instante, desplazan los latidos de mi corazón.
No puede ser casualidad que acompañe su entrada. No puede ser.
Fue la canción de su adiós.
Carola sabe que estoy aquí. Lo sé porque entra decidida, directa hacia nosotros, mirándome solo a mí, convirtiendo mis ojos en rehenes de los suyos, y apenas soy consciente del «Hala, ya te apañas tú sola si eso, Rora» que Roberto me susurra antes de irse tras darme una palmadita solidaria en la espalda.
Y Navarro, Carola, tiene exactamente la misma expresión de nuestros años de  instituto, cuando nos enamoramos, cuando dijo: «Podremos con todo». Y creo que la mía es idéntica también a la de mi yo de entonces, cuando le dije «No»: aterrada, abrumada; cobarde, al fin y al cabo.
No me da tiempo de profundizar en la razón de esa regresión emocional, por qué estoy sintiendo exactamente lo mismo que cuando ajusticié nuestro amor, porque Carola (Dios mío, ¿puede seguir tan magnética como entonces? ¿Puede?), viene resuelta hacia mí, esquivando a Pablo, pasando olímpicamente de Joseju, lanzándole un guiño a Lola y un asentimiento de cabeza a Roberto. Y se detiene cuando llega a mi altura, y no dice nada y no hace falta, porque ya habla el brillo de su mirada y el arrebatado latido de la yugular que palpita en su garganta.
Creo que el corazón se me ha parado.
Creo que no.
Al cabo de unos eternos segundos, una palabra:
—Hola.
«Hola», dice. Solo eso: «Hola». Y no sé qué hace ahora ese corazón mío practicando Pressing Catch entre las paredes de mi cavidad torácica, de verdad que no lo sé. ¿Acaso no han pasado veinte años, eh? ¡Veinte!, ¿recuerdas?
    Pero ahí está, el insensato de mi órgano vital, ejecutando un glorioso whisper in the wind(1) justo en el centro de mi pecho.
—Carola... —logro decir, consciente de que la sangre que debería haberse repartido entre todos mis órganos ha sido cedida, unilateralmente, a mis mejillas.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotras. Veo a la Carola de diecisiete años en esa mujer de treinta y siete que me mira tan callada como intensamente. La descubro bajo los primeros pliegues de la madurez que cercan sus ojos y supongo que ve en mí la misma huella del paso del tiempo que yo veo en ella.
Sonríe. Y sospecho que mi corazón acaba de instaurar un gobierno de facto para hacerse con el control porque, de súbito, soy toda latido.

«Tus palabras hablan de ruptura, pero tus palabras mienten.»

Dios mío, pienso, cerrando los ojos al escuchar la voz del Boss recitando las palabras que acaban de hacer que mi respiración se haya detenido. Son las mismas de las que Carola se sirvió aquel último día, el de nuestro adiós; el día que le rompí el corazón y escondí tras la espalda los pedazos del mío.
Mi respiración se reactiva, pero lo hace pesada, cargada de precaución. Abro los ojos y lo noto; está aquí, dentro de mí: el vínculo que en su momento me ató a ella, que se hace hoy, abandona el ayer. Mi cuerpo recuerda con violencia la conexión, la recuerda mi alma, lo hace cada centímetro de mi piel, gota de mi sangre y átomo de mi carne.
Las palabras de Springsteen sirven de eco al son de mi interior:

«Te apoderaste de mí desde el principio, con tanta intensidad que no pude liberarme.»

Y en ese momento lo sé. Sé la razón de mi regreso, por qué estoy aquí, por qué he decidido volver después de veinte años de ausencia.
Y Carola parece saberlo también porque, extendiendo su mano hacia mí, me pide con suavidad:
—Ven. Por favor.
Y lo hago, la sigo. Aferro su mano, y ya no sé dónde acaban sus dedos y empiezan los míos, qué latido le pertenece a ella y cuál a mí. Sin mirar atrás, ni a nada ni a nadie, atravesamos el gimnasio hasta alcanzar el exterior. 
Sé muy bien adónde me va a llevar: a nuestro rincón, nuestro lugar secreto, donde nuestras miradas cambiaron de significado, cayeron los primeros besos furtivos, apresurados, me dijo que me quería y yo dije: «No».
—Carola... —La voz me sale agarrotada, temerosa, pero también anhelante.
Y ella es de las que se quedan con la parte que le interesa y, así, no suelta mi mano, no se gira hacia mí; no es brusca, pero sí firme.
Todavía con nuestras manos enlazadas, llegamos hasta las palmeras dobles que triangulan la esquina del patio, esas tras cuyos gruesos troncos nos ocultábamos, esas bajo cuyas palmas en forma de pluma de pájaro nos cobijábamos de las miradas ajenas.
Carola se detiene. Sus hombros se yerguen y caen al ritmo de una profunda inspiración.
Suelta mi mano.
Se gira hacia mí.
—Ura —susurra, excavando mi mirada con sus pupilas.
La palabra atraviesa el aire, entra en mí; se hace señora del Tiempo y se enrosca en mi nuca, donde el cosquilleo del espectro de unos labios erizan mi piel, como si realmente Carola estuviera detrás de mí, enlazando mi cintura como solía hacer, pronunciando mi nombre en un susurro.
Nunca nadie me ha vuelto a llamar así, ni ahora ni antes, nunca; solo ella. Y siento la vida recorriendo mis venas, derrochando latidos como un excéntrico millonario lanzaría billetes desde una ventana; como si lo que hasta ahora hubiese vivido no hubiera sido más que un espejismo, un sucedáneo, una copia pirata de todo lo que es verdadero, profundo y conmovedor.
Pero no, no puede ser. Esto es el espejismo, me obligo a decirme, tratando de contener el torrente de emociones que se han colado de polizones para navegar a traición por mis sentimientos. Es la situación, solo eso, me exhorto. Porque ella, el lugar, la música de Bruce…
—¿Has sido tú? ¿La canción?
Mi pregunta es algo brusca, pero Carola sonríe ladeando la cabeza y solo puedo pensar que sí, joder, sigue tan magnética como antes.
—Un mensaje de WhatsApp anunciando a la jefa del cotarro que llegaba —explica.
—¿Lola?
—Lola.
—¿Ella sabe algo de…?
—No, pero ya sabes lo complaciente que era. Y sigue siéndolo.
Mis ojos se convierten en dos estrechas ranuras.
—Lo tenías planeado. Sabías que iba a venir.
No puedo evitar el muro defensivo, la suspicacia, aun sabiendo que el enemigo no está fuera de las murallas, sino en mi interior. Que no, que no es un espejismo, y que sí, lo que siento es de verdad.
Porque este descontrolado tump-tump tump-tump de mi pecho no puede mentir.
Dios mío, ¿qué he hecho durante los últimos veinte años de mi vida?
—Sí —dice Carola—. Me lo dijo Roberto, que se lo preguntó a su vez a Lola. Aun así, no las tenía todas conmigo, podías echarte atrás. No viniste a la de los diez...
—No, no lo hice.
—¿No pudiste?
—No quise.
—¿Por qué?
No le contesto, a esa no. Todavía no estoy preparada, pese al estruendo en mi pecho. No sé si para admitir la respuesta o para que ella la sepa.
Pero Navarro, Carola, no era de las que se amilanaban con el silencio.
—¿Te fue bien por allí? —pregunta.
—No me puedo quejar.
Mi respuesta es cortante, y es que no puedo atender tantos frentes, atrapar tantos sentimientos encontrados corriendo de aquí para allá, y sé que debo decidirme: o los meto a todos en la mazmorra o abro las puertas de par en par y que sea lo que tenga que ser.
—¿Tus padres?
—Jubilados ya. Se volvieron hace un par de años.
—¿Y tú? ¿Tienes planes de volver, o esta es solo una visita de cortesía?
—Regreso a Estados Unidos la semana que viene. Todavía no me planteo regresar.
—Claro, tendrás tu vida hecha allí…
—Sí.
—¿Estás con alguien? —pregunta entonces a bocajarro.
Parpadeo, perpleja. Creo que la andanada de preguntas que me ha hecho hasta ahora solo ha sido el telón que oculta la verdadera función.
Y, desde luego, no se anda por las ramas con el argumento.
—No —digo al cabo de unos segundos.
Podría haber dicho «Sí» y zanjar aquello allí, en ese momento. Dejarlo donde quedó.
Pero no he podido.
—Yo tampoco —dice ella, y su mirada se hace tacto; está en todas partes, hasta dentro de mí—. Me casé —continúa—. Con un hombre. Fue un error. Me separé.
Se calla. ¿Mi turno?
—Yo no me casé.
Mis palabras salen torpes, amontonadas. Y cobardes, tramposas. No me atrevo a decírselo.
—Pero con alguien saldrías...
—Sí.
—¿Mujeres?
Carola siempre iba directa al meollo del asunto, y está aquí, le ha pedido a Lola que ponga Fire y me ha llevado a nuestro rincón.
Por supuesto que no se iba a andar con tonterías a estas alturas.
—Sí —digo muy bajito al cabo de un segundo.
Porque sé que le va a doler.
Lo hace, lo leo en su mirada, que se aparta de la mía un instante. Yo la dejé porque no aceptaba estar enamorada de otra mujer y cuando descubrí que jamás podría hacerlo de nadie que no lo fuera, mediaba ya medio mundo y dos años entre nosotras. Pero lo realmente importante de ese descubrimiento fue ser consciente de que no se trataba de otras mujeres, en general, sino de una en particular. Ella. Cuando al fin llegué a esa verdad quise convencerme de que ya era demasiado tarde, pero ahora empiezo a pensar que no lo habría sido.
Y ahora a la que le duele es a mí.
Mucho.
Aunque en el fondo nunca dejó de hacerlo.
—Lo siento. —Es lo único que se me ocurre decir, con las lágrimas a punto de tomar al asalto mis mejillas.
—No llores, Ura —dice ella con suavidad—. Ha pasado el tiempo suficiente como para que eso ya no nos afecte.
Pero es una mentira piadosa, porque sí lo hace.
—Siento haber sido tan cobarde.
—No estabas preparada.
—Tú sí.
—No tanto como quería aparentar. Pero estabas tú. —Se encoge de hombros—. Una de las dos tenía que tomar las riendas, ¿no?
—Y te fallé.
Sacude la cabeza, como queriendo aligerar el peso del remordimiento prendido en mis palabras.
—Era una de las dos posibilidades. Mala suerte.
—¿Has estado bien? —me atrevo a preguntarle.
—Durante mucho tiempo, no —admite—. Pero acabé saliendo.
—Lo siento.
—Lo sé, pero no es necesario que te disculpes. Teníamos diecisiete años, ya está. Éramos unas crías.
Pero ya no, pienso. Y creo que voy a asumir la respuesta y que ella merece saberla. Estamos aquí, ya no somos unas adolescentes, ella ha venido directa hacia mí y yo he aferrado su mano.
Abramos las malditas puertas.
—Una década no era todavía tiempo suficiente. —Carola hace un gesto interrogante y yo tomo aire y lo expulso lentamente antes de añadir—: Para dejarlo todo atrás.
Sus ojos se oscurecen.
—¿El qué?
—Lo que sentía —musito.
—¿Y qué sentías? ¿Rencor? ¿Odio?
—¡No, claro que no!
Ella, lista, deja que el silencio haga su trabajo, sin dejar de mirarme, sus pupilas cada vez más oscuras.
—Amor —confieso en una exhalación—. Me fui queriéndote, te dejé atrás queriéndote. Y pasé mucho tiempo haciéndolo.
Ella da un paso hacia mí.
—Para mí, ni siquiera dos han sido suficiente.
—¿Dos, qué? —pregunto, aturdida por su cercanía.
—Décadas. Para dejarte a ti atrás.
Inquieta, hago un gesto con la mano para que se detenga, al tiempo que me retiro un paso.
—Esto no… Es imposible.
Pese a todo, pese a asumir la respuesta y abrir puertas carcelarias, quedan todavía en mí restos de aquella Aurora de diecisiete años que tuvo miedo de romper con todo.
—¿El qué es imposible? —susurra ella, y su tono no deja lugar a dudas.
Su mirada, mucho menos.
—Carola, han pasado veinte años…
Es una excusa absurda, pero no tengo nada más sólido a mano para agrupar la bandada de mariposas que ha echado a volar repentinamente, libres de los barrotes que las habían estado aprisionando.
—Cada una tiene su tiempo.
—Pero son veinte años —insisto, temerosa.
Y no sé si es por miedo a que esto siga adelante… o a que no lo haga.
—Veinte años que ya se han hecho milésimas de segundo —dice ella con firmeza, mimetizando la sensación que yo misma siento desde que la he visto aparecer.
Pero en ese instante parece querer dar una última oportunidad a la sensatez, dármela a mí, porque, mordiendo su labio inferior, cierra los ojos, inspira hondo, vuelve a abrirlos, y dice:
—Solo dime sí o no, Ura, y me quedaré… o me iré.
Y me pregunto, por segunda vez esta noche: ¿Podemos permitirnos esto? ¿Después de veinte años sin saber nada la una de la otra? ¿Podemos, sobre las cenizas de un amor juvenil?
Carola, al parecer, cree que sí, lo leo en sus ojos. Yo no lo tengo tan claro, pese a la amnistía general que acabo de firmar con mis sentimientos. Puede ser tan solo nostalgia, que me confunda la trampa de los recuerdos, el engaño de la excepcionalidad de esta noche, las emociones a flor de piel, la confusión de…
—«Porque cuando nos besamos, hay fuego» —recita Carola en un susurro.
Y es justo en lo que se convierte su mirada y entonces siento mi interior incendiarse como lo haría un reguero de gasolina al alcance de una cerilla.
 Y solo se me ocurre balbucear, como una idiota:
—No podemos tener una canción que le chirría a mi conciencia feminista.
—¿Perdona? —Carola, por primera vez, parece desconcertada.
Y con toda la razón del mundo.
—Es… Parece de un acosador, ¿sabes? —explico, nerviosa—. Hace veinte años y con diecisiete vale, pero ahora no. Ahora no.
Ella sonríe. Puede que mi salida la haya sorprendido, pero sabe quedarse, como siempre, con lo importante.
—Vale. —Hace una pausa, pensativa, mientras las llamas vuelven a prender en sus ojos—. ¿Qué tal Hungry heart?
—Corazón hambriento… —musito.
—«La conocí en un bar de Kingstown, nos enamoramos y supe que tenía que acabar. Cogimos lo que teníamos y lo hicimos pedazos, y ahora aquí estoy, preparado otra vez en Kingstown» —tararea.
Al parecer, Carola, como yo, ha seguido teniendo a Springsteen como cantante de cabecera...
—Pero en esa canción habla de alguien que abandona a su mujer y sus hijos… —empiezo a decir.
Ella, con una sonrisa que parece haber descifrado el código base del infinito, me dice:
—¿Y si somos unas malas feministas por un ratito?
Y a continuación añade, muy bajito:
—¿Te acuerdas de aquel beso en el gimnasio, después de la clase de la señorita Mª Eugenia y antes de la de Jeroni, cuando casi nos pilló el conserje, que iba a preparar el recinto para el festival de primavera?





[1] Golpe de Pressing Catch

"Y abrazarte" - Antología - Clara Asunción García


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2 comentarios:

  1. Este también hace "clinc pop". ;)

    Un saludo.

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    Respuestas
    1. Jaja, ¿sí? Me alegro de que también le hayas encontrado el soniquete. 🙂

      ¡Un saludo!

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